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Abuso sexual: Esa herida narcisista-Por Sonia Santoro

Después de dieciséis años de ausencia, el padre de la adolescente de Entre Rios discapacitada y violada reapareció en medio del escándalo mediático con la promesa de criarla. En sus manos, la justicia dejó además la decisión final sobre el aborto. ¿Qué hará? Ante situaciones de abuso, los varones no suelen saber cómo ubicarse. Una parte, desaparece. Otros no lloran pero tratan de impresionar golpeando paredes porque sienten impotencia. Aquí, un informe especial donde padres y especialistas cuentan qué les pasa.
Entre Ríos disparó una nueva señal de alerta. MFC es la adolescente con una discapacidad mental de Paraná que está embarazada, producto de una violación. Su embarazo lleva 17 semanas. La justicia le impidió a su madre llevar adelante el pedido del aborto legal y hasta el sábado pasado la obligó a permanecer alojada en una dependencia de minoridad de la provincia. Las sospechas de la responsabilidad de la violación están puestas sobre el hermano de la pareja de la madre, responsable aparentemente de otros casos de abuso que hasta ahora no están denunciados. En el camino, apareció el padre biológico de MFC. Un hombre que se mostró dispuesto a hacerse cargo de la crianza de la niña después de 16 años no la verla. Luego de idas y vueltas, esta semana se revocó la medida cautelar en defensa del niño por nacer y la Sala 2 de la Camara Civil y Comercial le dio un plazo de ocho días para apelelarlo. De él depende ahora lo que pase con la joven. El año pasado, LMR, otra joven discapacitada y violada en la localidad de Guernica, pedía poder abortar, con respaldo de su madre y su hermana. De su padre se sabía poco y nada. No son las únicas.
Las estadísticas coinciden: el 95 por ciento de los abusadores sexuales son hombres. Ahora ¿qué pasa con el resto de los hombres, frente al abuso de alguien cercano? ¿Dónde están los padres? ¿Dónde están los hombres cuando alguien de su familia es abusada/o? Si un extraterrestre pisara la tierra y viera las noticias de abuso sexual, pensaría que estas cuestiones atañen solo a mujeres. Y aunque esto no sea cierto, la sociedad se comporta como sí lo fuera. Las estadísticas oficiales de la provincia de Buenos Aires dicen que cada mes se registran en promedio unas 100 denuncias por violaciones. ¿Cuántos son los varones que se atreven a acompañar a sus hijas e hijos, novias, esposas a denunciar? ¿Quiénes los que se atreven a confiar en las víctimas? ¿Cuántos los que actúan como si nada hubiera pasado?
Héctor Ibarra es un comerciante de San Antonio de Padua. Hace 18 años está casado y tiene dos hijas, de 14 y 16 años. El 21 de noviembre de 2002, Juan Antonio Vergara, más conocido como Satanás, entró a su casa, encerró a su suegra y violó a su mujer, con tal furia que le destrozó la cara para siempre. Inmediatamente Ibarra recibió el dato de quién había sido el violador, lo siguió, identificó su casa y estuvo 15 días tratando de convencer a su mujer para que lo reconociera. Finalmente ella lo hizo, Vergara fue detenido y este año fue condenado a 37 años de prisión, por otras tantas violaciones.
“Yo no me podía quedar pensando que ese hombre podía dañar a otra mujer. De hecho lo hizo. Cuando vos te movilizas es diferente. Yo hice toda la investigación”, cuenta Ibarra.
Pero ¿era necesario enfrentar a ella con el violador nuevamente? Los especialistas coinciden en que detener al agresor y que reciba un castigo es determinante para las víctimas, así que si este proceso no es forzado puede ayudar.
“Fue escalofriante –cuenta Ibarra-- porque era convencer a ella para que vaya. No quería ir. Hasta que logré conseguir el auto de mi hermano con vidrios polarizados. Fuimos hasta el lugar y tipo 10 de la mañana sale una señora, dos nenes y el individuo este. Cuando lo vio le agarró un ataque de crisis impresionante. Ahí nomás salí volando para contenerla, fuimos a la psicóloga, a hacer la denuncia, y tardaron 24 horas en lograr la detención. Después de que pasó la crisis ella estaba muy mal, inclusive sigue tomando psicofármacos; yo creo que fue positivo para quienes investigábamos y a ella creo que la desniveló muchísimo más pero también fue un alivio para el saber que el tipo estaba detenido.”
Desde entonces, Ibarra es secretario de la Asociación Avivi que asiste a víctimas de violación. María Elena Leuzzi, su fundadora, desde los comienzos hace tres años, ha acompañado a unas 5.000 víctimas. Por su experiencia cuenta que “la primera reacción del padre, hermano, tío, abuelo es salir a buscar al agresor para matarlo a piñas. Se ponen como locos, les gana la bronca. Esa agresividad dura bastantes horas. Cuando estamos en las comisarías, nos cuesta mucho tranquilizarlos, dan puñetazos en las paredes. No lloran sino que tratan de impresionar a los demás, tanto a los policías como a los familiares, se hacen ver como hombres. Sienten un grado de impotencia porque no pudieron proteger a los hijos”.
Avivi nació cuando un violador serial abusó de la hija de Leuzzi. En el caso de Candela, su padre “sintió que había perdido la hombría. Muchas noches cuando se hacían las 11 en las agujas del reloj Jorge tenía que salir a tomar aire afuera porque se descomponía. Esa era la hora aproximada en la que fue violada. No entendía que así no podía ayudar a nadie”, cuenta Leuzzi. “Después es el silencio total. Los hombres se guardan todo lo que sienten, les sale el machismo. Se niegan a hablar o tocar el tema nuevamente. Y eso es un problema porque tanto la víctima como la familia deben concurrir a citas con la psicóloga y los padres se niegan a asistir. Por ello, son las mujeres ya sea madres, hermanas o tías las que acuden a las charlas, a las jornadas, a la psicóloga, acompañan en todo momento a la víctima. En cambio para los padres es asunto terminado. No le permiten a la hija que llore ni hable sobre ese tema. En los juicios, los padres toman la misma postura, se quedan parados, cruzados de brazos, sacan pecho y fijan su mirada en el violador diciendo que si no estuvieran los jueces, seguramente, lo matarían.” Incluso, dice, “hay hombres que creen que hay violaciones que se dan porque las mujeres los provocan. Les da mucha vergüenza tener una hija violada. En más de 80 por ciento de los casos ocurre esta situación. En el caso de Mari, una joven violada hace cinco años, mientras el forense le realizada un examen, el padre le recriminaba a la madre haber ocultado que la hija no era virgen al momento que la violaron.”

Sordos y narcisistas
Se sabe que 90 por ciento de los abusadores forman parte de la familia o son conocidos. Según datos del gobierno porteño, 48 por ciento de los violadores son los mismos padres; 13 por ciento los padrastros; 13 por ciento otros familiares y 26 por ciento restante, conocidos de la familia. ¿Qué les pasa a los varones en esos casos?
Juana hoy tiene 31 años pero hace unos cuantos, cuando tenía 12 ó 13, sufrió el abuso de su abuelo paterno. “Fueron situaciones que se empezaban a ir de las manos. Piropos por parte de mi abuelo, subidos de tono. Invitaciones a sentarme con él en su cama (en la que lo había estado acompañado hasta un rato antes). Miradas y abrazos demasiado largos y fuertes. Me sentí incómoda con todo eso. Evitaba quedarme sola con él. Trataba de no ir a su casa. Le dije a mi papá. Escuchó pero no hizo nada. Decidí dejar de ir a lo de mi abuelo. En parte por eso tampoco vi a mi papá durante un año. Él quería que fuéramos a la casa de su papá. Si no íbamos, prefería que no nos viéramos, como modo de presión. Mis papás estaban separados. Así que no fui durante más de un año a lo de mi abuelo. Y durante ese período casi no vi a papá. Años después le pregunté a papá por qué no hizo nada. Dijo que no entendió que era tan grave. Que pensó que el abuelo era mujeriego, y que no era para tanto.”
Juana, que había recibido de chica explicaciones acerca de que “no tenía que dejar que pasaran cosas que no me gustaran” pudo sostener ese “no ir más”, pero no todas las nenas o nenes tienen la misma capacidad.
“Cuando el abusador es alguien cercano, a los hombres les cuesta bastante trabajo a ellos poder admitirlo. Se fomentan los mecanismos de negación. Inclusive para las personas que sufren la situación es muy terrible porque insinúan la situación y tienen la percepción de que los demás están todos como sordos”, explica Guillermo Augusto Vilaseca, psicólogo especializado en problemáticas masculinas (http://www.varones.com.ar). Lo que sí parece ser la norma, como señala el psicólogo Jorge Garaventa, “e independientemente de la reacción que tenga el varón, es percibir la situación de violación o de abuso de un ser cercano como una herida narcisista por un lado y como una evidente dificultad empática que no le permite estar junto a la víctima comprendiendo además lo que para ella significa el ultraje que acaba de sufrir”.
En abril del año pasado, Fernando Melo Pacheco, un profesor de gimnasia acusado de haber abusado sexualmente de 21 nenas y nenes de 4 y 5 años en un colegio religioso marplatense, fue absuelto. Trece madres pusieron el cuerpo para escuchar la sentencia. Los hombres esperaban afuera. A las marchas que reclaman justicia siguen concurriendo mayoritariamente ellas. Durante el raid mediático que generó el caso entre las familias, hubo mujeres y varones hablando de lo que había pasado, pero los hombres eran menos.
Patricia Gordon, psicóloga experta en violencia intrafamiliar y abuso sexual y terapeuta de siete de los chicos abusados, dice que “son las madres quienes se presentan mayoritariamente a la consulta. Y cuando concurren juntos es como si los padres cedieran la palabra a sus mujeres. Frases como ‘ella te lo va a explicar mejor’, ‘yo no estoy en todo el día’ o ‘ella lo conoce bien’, son las que abundan. Es necesario crear un vínculo de confianza en el tiempo para que los padres de los niños logren manifestar su angustia, su bronca, su ira y su impotencia que se observa en la mayoría de los casos. Y también la culpa por no haber protegido a sus hijos.”
Uno de los padres, cuenta Gordon, “en una de las pocas oportunidades en que logró manifestar su angustia, su dolor y su impotencia decía que nunca más iba a jugar con su hijo como juegan los hombres con frases como: `así, cuando uno en joda, lucha con el hijo y le dice: salí, puto, no seas maricón...`. Él se preguntaba como iba a recuperar eso porque le habían robado un juego de ellos porque esas palabras ya no se podían decir más luego de que su hijo sufriera tocamientos anales, entre otras cosas.... La experiencia clínica, a partir de estos recortes que hago en este caso, parece decirnos que algunos padres de hijos e hijas abusadas tienen la fantasía de dañar a sus hijos. Entonces reprimen el contacto, el juego, las manifestaciones de un amor que nada tiene que ver con el contacto erotizante y perverso.”
¿Por qué en general son las mujeres las que se meten en estas cuestiones? “Pareciera que persiste la creencia de que las mujeres pueden soportar mejor estas cosas, en un sistema que ha controlado históricamente los espacios femeninos”. María Inés Re, es licenciada en Trabajo Social y Magíster en Ciencias Sociales y Salud (FLACSO/CEDES) y autora del libro 'Educación sexual en la niñez (un desafío posible)', de Ediba Libros. Para ella, “en el caso de las madres, si no denuncian, muchas veces son sospechadas de 'entregadoras' o 'encubridoras', cuando en realidad puede que ellas desconozcan la situación de abuso, aunque esté sucediendo en su propia casa. Si un padre no denuncia una situación de abuso hacia su hija o hijo, no sufre la misma condena social que una madre.”
Es vox populi que los abusadores sexuales reciben su propia medicina en la cárcel, si es que llegan. La condena social existe, sobre todo en el caso de abuso de niños y niñas. Sin embargo, cómo es posible que el abuso se perpetúe y que entre quienes tienen que impartir justicia –todavía siguen siendo hombres la mayor parte- siga habiendo pulsos que tiemblan y desconfían de los relatos de las víctimas. ¿Por qué a muchos jueces o abogados les cuesta actuar activamente para frenar los abuso? Re lo atribuye a cuestiones culturales: “Durante años y años el abuso fue una problemática oculta, y desde hace muy poco tiempo fue tipificado como delito de orden público, en el que el Estado debe intervenir. Ahora es necesario avanzar en el cambio cultural. Los varones tienden a ser más reacios a los cambios culturales, y creo que este es un factor determinante para que los jueces no promuevan respuestas más eficaces frente a situaciones abuso. Aunque también considero que el hecho de que cada vez se incorporen más juezas mujeres no necesariamente garantiza la mayor movilidad cultural. Hasta la reciente sanción de la Ley de Protección Integral de los Derechos de niños, niñas y adolescentes, en la mayoría de los casos en que he intervenido en una presentación judicial por una situación abuso sexual infantil, han separado a la niña o niño de su casa, ingresándolo/a a instituciones despersonalizantes en donde compartía su espacio con otros/as chicos/as en conflicto con la ley. Mientras tanto, su victimario, seguía disfrutando de su casa”, sintetiza.

Fuente: Artemisa Noticias-11-09-2007+

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