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Brecha Salarial VS Igualdad por Noé Ruiz - Secretaria de Igualdad de Oportunidades y Género CGT RA

Cuando se habla de las cualidades que tenemos las mujeres se suele hacer mención en nuestra creatividad para encontrar respuestas eficaces a situaciones que parecen imposibles. Así, cuando logramos administrar ingresos mínimos para alimentar a nuestras familias, atender a los enfermos y sostener nuestros hogares damos cuenta de ello. También somos mayoría a la hora de encontrar o “inventar” respuestas para las crisis, somos mayoría en los movimientos colectivos y solidarios para hacer frente y transitar esas crisis. Somos el sostén de más de la mitad de los hogares argentinos.
En los últimos años se ha hecho claramente visible el acceso de muchas mujeres a los más altos niveles educativos, y también al mundo de las empresas incrementando nuestra presencia en posiciones jerárquicas en otros tiempos sólo reservadas a los varones. También podemos identificar a figuras femeninas a la cabeza de emprendimientos y en el mundo de los negocios.
Pero todavía ahora, ya avanzando en pleno Siglo XXI, estos perfiles no han neutralizado las desigualdades con las que transitamos por el mundo público, el trabajo, la política, los lugares de mayor prestigio social y mejores remuneraciones. Y esas descripciones tampoco dan cuenta de los esfuerzos extraordinarios que debemos realizar en un mundo que no ha eliminado las inequidades entre los géneros (así como no ha eliminado otras muchas inequidades).
Según un estudio elaborado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y difundido el año 2007, Argentina es el país de la región sudamericana con mayor brecha salarial por razones de sexo, llegando esta desigualdad de ingresos hasta un 39% en detrimento de las mujeres.
Asimismo, este Informe señala que la igualdad entre hombres y mujeres en todas las economías latinoamericanas sigue siendo "una utopía", y que las mujeres siguen teniendo grandes dificultades para acceder a cargos directivos.
Por otra parte, México --con una brecha de 37%-- y Brasil, donde los hombres llegan a ganar un 34% más que las mujeres, siguen al país andino en desigualdades salariales. Tras estos se sitúan Chile, Perú y Ecuador, donde existe una diferencia de 33%, según la OIT.
En Argentina las mujeres representan el 42% de la población ocupada, pero aportan en promedio menos del 30% de los ingresos familiares. Si se compara las remuneraciones medias de los salarios registrados por hombres y mujeres, los datos confirman que existe una diferencia superior al 30% en favor de los primeros.
Por esto, la OIT así como otras instituciones sociales, denuncia que los avances registrados en la última década por parte de los Gobiernos para reducir la brecha "han sido prácticamente nulos". Podríamos sumar a este reclamo por una presencia estatal con mayor y mejor involucramiento para la eliminación de las inequidades, el necesario involucramiento de las demás instituciones de la sociedad – gubernamentales y no gubernamentales, laborales, educativas, sindicales, empresariales, comunitarias, etc. – y también de la propia ciudadanía, pues no se trata solamente de un problema “ de mujeres”, ni se trata tampoco solamente de un problema “de trabajo”, sino que es un problema social que afecta a la comunidad en su conjunto y que de un modo insidioso fragiliza a las prácticas democráticas.
Con datos que el INADI ha hecho circular podemos decir que el cuentapropismo es el sector donde existe la mayor brecha salarial: en este ámbito las mujeres fijan para sí mismas hasta un 40% menos de lo que cobran los hombres por el mismo trabajo o función.
Si a estas cifras preocupantes las cruzamos con otras variables como la edad y la educación, nos encontramos con que las mujeres cuentan con mayor educación que los varones en los mismos puestos, por lo cual hay una sobrecalificación femenina que dicho de otro modo implica un desaprovechamiento de su formación y capacidades. Es otra de las caras de la desigualdad entre los géneros y el impacto negativo que tiene para empresas y para la sociedad que de este modo se privan de enriquecerse con el potencial de toda su población.
En lo que hace a la banda etaria, las jóvenes tienen fuertes dificultades para lograr sus primeros trabajos (problema que si bien involucra a la juventud en general, afecta en mayor proporción a las mujeres). Y en el otro extremo, las de mayor edad se encuentran por fuera de la mayoría de las oportunidades de trabajo no solamente por años sino por no responder al paradigma de vélelas juvenil que atraviesa a todas las actividades.
Todo esto hay que sumarlo a la ya mencionada brecha salarial y tendremos un panorama que nosotras conocemos muy bien pero que socialmente parece no ser todavía claramente percibido.
Cuando se trata de explicar la persistencia de la brecha salarial entre mujeres y varones, se suele señalar que el principal factor explicativo de esta diferencia en las remuneraciones entre hombres y mujeres tiene que ver con la mayor incidencia de la economía informal en el empleo privado de las mujeres. El trabajo en la economía sumergida entre los hombres se sitúa en torno al 37,5%, mientras que entre la población femenina alcanza el 49%.
Y las desigualdades en cuanto al trabajo informal se justifican casi en su totalidad por el alto número de mujeres que trabajan como empleadas domésticas en casas particulares, actividad que funciona bajo los parámetros de la economía sumergida en gran medida, y donde además, los salarios son muy bajos.
Asimismo, otro de los factores que incide en la desigualdad es la dificultad que encuentran las mujeres para acceder a un empleo fuera de la economía sumergida. Mientras que en el sector público, hay más mujeres que hombres, de hecho, el porcentaje de empleo femenino en este sector es de 17% mientras que entre los hombres alcanza apenas el 11%.
Pero ni aún así es suficiente para cerrar la brecha de inserción en el sector privado formal en comparación con los hombres.
Pero no sólo se sostiene la brecha de inserción, sino también la de las remuneraciones, pues en el empleo tanto en el sector público como en el privado, el ingreso mensual es más bajo para las mujeres --un 16% respecto al 27% de los hombres -.
Además de las diferencias en la calidad de los trabajos a los que acceden mujeres y hombres, el otro factor que se utiliza para explicar las diferencias salariales tiene que ver con que las mujeres trabajan jornadas laborales más cortas. Así, el promedio de trabajo femenino es de 121 horas mensuales mientras que para los varones es de 171 horas.
Lo que estas explicaciones no explican – y por eso mismo contribuyen a reciclar – es que las mujeres seguimos circulando en el mundo laboral en inferioridad de condiciones y de oportunidades que los varones. Y eso implica no solamente que somos diferentes sino que es una comprobación bien concreta que esas diferencias implican desigualdades.
En Argentina, respecto a la igualdad de trato y oportunidades entre hombres y mujeres es preciso volver a recordar que está garantizada por la propia Constitución Nacional, que consagra los derechos para todos los ciudadanos, y para los trabajadores/as. Asimismo, la Reforma Constitucional de 1994 otorgó rango constitucional a una serie de tratados y convenciones internacionales que dictaminan en relación a la eliminación de todas las formas de discriminación, al reconocimiento de la igualdad y al compromiso de los Estados en relación al tema.
En esta línea de pensamiento también contamos con la Ley de Contrato de Trabajo, que contiene en su articulado disposiciones para garantizar la igualdad, la Ley Nacional de Empleo y la Ley Antidiscriminatoria, que reafirma el principio de no discriminación contenido en la Ley de Contrato de Trabajo y además habilita al damnificado/a a solicitar la nulidad del acto o cese de la actitud discriminatoria y la reparación de los daños tanto morales como materiales.
Entre las políticas adoptadas por el Ministerio de Trabajo en el tema de igualdad se destaca la creación en 1998 y su relanzamiento en 2000 de la Comisión Tripartita de Igualdad de Trato y Oportunidades entre Varones y Mujeres en el Mundo Laboral.
También existen varios proyectos de Ley en el tema de la igualdad de trato, entre ellos Proyecto de Ley de Cupo Sindical Femenino, Proyecto de ley para la promoción de empleo estable para madres de reciente alumbramiento, Proyecto de ley de licencias indistintas para maternidad/paternidad, adopción y enfermedad de los hijos y las hijas y el Proyecto de ley sobre acoso sexual en el ámbito laboral.
Contamos con un extenso listado de programas y políticas de empleo desarrollados a partir de diciembre de 1999, destinados a productores familiares/minifundistas, e intervenciones en las cuales el Consejo Nacional de la Mujer ha sido un actor importante.
Pero, nuevamente, tenemos que volver a recordar que las inequidades subsisten en los hechos, que persiste la vergüenza de la brecha salarial entre mujeres y varones para iguales trabajos.
El interés concreto por superar las desigualdades entre los géneros, ha crecido notablemente en el mundo en los últimos años. En Argentina, las mujeres hemos experimentado importantes transformaciones que se reflejan en el aumento de la esperanza de vida y en el mejoramiento general de los indicadores de salud, en mayor acceso a mejores niveles de educación, en una mayor participación y permanencia en el mercado laboral. Claro que estas mejoras tampoco son homogéneas para todas, las mujeres urbanas tenemos ventajas por sobre las mujeres rurales, las de clase media y media alta contamos con mejores recursos que las de clases bajas, aquellas mujeres que pertenecen a etnias o culturas minoritarias están en desventaja también, por eso cuando avancemos en el logro de condiciones de trabajo dignas, de equidad entre los géneros y de igual salario por igual trabajo tengamos presente a todas las que conformamos al numeroso colectivo de mujeres de Argentina.
Las inequidades de género que todavía persisten las podemos localizar también en la falta de correspondencia entre los niveles educativos alcanzados por las mujeres y la calidad ocupacional y nivel de salarios que tienen, y en los obstáculos objetivos para acceder a puestos de conducción y a sectores de actividad tradicionalmente masculinos.
Por lo mencionado hasta aquí queda claro que la brecha salarial entre mujeres y varones está hablándonos de discriminación, es decir de la persistencia de desigualdades amparadas en la mera pertenencia a un sexo. Otro aspecto no menor es que la brecha salarial no solamente remite a un ingreso menor para las mujeres lo cual involucra una merma en sus posibilidades de independencia y en sus oportunidades de desarrollo.
La brecha salarial, también pone sobre el tapete que al trabajo de las mujeres se lo considera socialmente “menor” inferior en calidad al de los varones. Todavía persiste la idea de que el ingreso de las mujeres es un complemento, y esto ocurre aun cuando la familia no pueda sobrevivir sin este ingreso o que este sea mayor que el del hombre o que esa mujer sea Jefa de Hogar en una familia monoparental.
Esto sigue ocurriendo, a pesar de los cambios que la sociedad ha ido experimentando, en virtud de las luchas que han tenido a las mujeres como protagonistas.
Asimismo, la brecha salarial la podemos vincular con la persistencia – aún hoy – del llamado "techo de cristal", expresión que remite a la existencia de un límite que se vincula tanto con aspectos subjetivos como con políticas de empleo con respecto al ingreso salarial en relación con el de los varones.
Vale decir que aún habiendo accedido a niveles educativos de excelencia, habiendo dado cuenta de su capacidad en el desempeño de distintos puestos con condiciones desafiantes de desarrollo, esto no parece alcanzar para eliminar los obstáculos para conseguir empleos en igualdad de oportunidades que los varones ni para eliminar las brechas salariales.
De tal modo aunque "la igual remuneración por igual tarea" es un derecho de la Constitución Nacional -Art. 14 bis-, la brecha salarial entre los géneros persiste e incluso se hace mayor según el tipo de trabajo de que se trate y según sector social al que pertenezca, su nivel educativo y capacitación. En el mercado de trabajo las mujeres continúan segregadas a ciertas ramas y categorías ocupacionales, relacionadas con su rol de madre y cuidadora, y a puestos de menor jerarquía, prestigio y remuneración.
Esto sigue ocurriendo a pesar de que la matrícula universitaria total se ha feminizado, las mujeres se capacitan pero esto no resulta un argumento de peso a la hora de su acceso a mejores puestos de trabajo. Esta situación nos interpela y reclama sostener una lucha que no deberá detenerse sino ante el logro de la equidad y para ello es imprescindible que demandemos al Estado que se haga cargo de sus responsabilidades para ello y que las distintas instituciones de la sociedad establezcan acciones concretas y alianzas que las hagan posibles. Y finalmente, pero no por eso menos importante y estratégico, que todas las personas que conformamos la sociedad argentina entendamos el rol protagónico que desde nuestros lugares tenemos para revertir la inequidad y que lograrlo no sea una utopía de unas pocas sino una realidad para todas las personas.
Noé Ruiz
Secretaria de Igualdad de Oportunidades y Género
CGT RA
Buenos Aires, octubre de 2008.

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