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Por Sandra Román (*)
En las mitologías del norte argentino, las leyendas que se refieren a la unión amorosa y la entrega están frecuentemente asociadas al cardón, un tipo de cactus muy común en el paisaje precordillerano. Su figura fálica, cubierta de espinas, se transforma y embellece en el tiempo de floración. Una leyenda antigua cuenta que la flor era la hija de un cacique, enamorada de un hombre común de la tribu. Como sus padres no le permitían casarse con él, ambos huyeron pidiendo ayuda a Pachamama, que los cobijó entre los pliegues de su manto de tierra. Con el tiempo se convirtieron en el cuerpo y la flor del cardón. Es frecuente encontrar plantas con espinas asociadas al amor: el rosal, el espino sagrado de Glastonbury que florece dos veces al año conservando a la vez sus flores blancas y sus frutos rojos y el espinillo, tan común en los montes agrestes de la Argentina. Las flores blancas y los frutos rojos representan la iniciación de la doncella en la sexualidad sagrada. El blanco simboliza la inocencia y el rojo, la sangre derramada con pasión. En la Argentina existen diferentes clases de plantas con flores que tienen esta característica y que fueron asociadas de la misma manera en tiempos ancestrales. Uno de estos casos es la flor del Irupé o Victoria Regia, que crece en los cauces de agua de la región mesopotámica. El modo en que nos llegan las leyendas de estas flores siempre culmina con la transformación en belleza de algún sacrificio supremo, hecho por amor. La flor del Amancay es otro ejemplo, entre los primitivos habitantes de la Patagonia. Tanto los sacrificios como las espinas son en verdad una metáfora de las distintas lecciones y aprendizajes que debe superar una pareja para perdurar en el tiempo. Son también un símbolo de las heridas de nuestras anteriores relaciones amorosas que las personas necesitamos sanar para poder lograr uniones verdaderamente sagradas.
(*) Fragmento extraído del libro “Diosas & Chamanas de la Cruz del Sur”, de Sandra Román, publicado por Editorial Kier (2009)
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