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Feminismos ayer y hoy: historia, conceptualización y corrientes-Por Susana B. Gamba




                  
En las últimas décadas, las ideas feministas  han logrado un cambio cultural y en las mentalidades, sin precedentes.  Para muchos ha sido la revolución pacífica más importante de la última centuria. Esas ideas influyeron decididamente en los procesos de socialización promoviendo cambios de roles hacia una cultura más equitativa e igualitaria.
Producto de Las mismas ideas, las mujeres tuvimos muchos avances, creamos y modificamos leyes, produjimos nuevos conocimientos, elaboramos  teorías, introdujimos nuevas categorías de análisis. Los estudios de género visibilizaron las relaciones jerárquicas entre los sexos,   las   diferencias que existen entre las mujeres como entre los géneros. También dieron cuenta de la complejidad y diversidad   del mundo intercultural en que nos insertamos.
A nivel global, y específicamente en América del Sur (donde por primera vez en Argentina y Chile dos jefas de estado fueron elegidas por el voto popular) hoy hay mujeres en los más altos niveles de responsabilidad y decisión, tanto en el poder ejecutivo como el judicial; además con Ley de Cupos - como en Argentina- para el poder legislativo es notoria la presencia femenina.
Todo este proceso ha   contribuido decididamente a  la democratización de la sociedad y las relaciones familiares.
No obstante estos avances queda mucho camino por recorrer. Graves problemas requieren tratamiento en la legislación e implementación de políticas públicas, entre ellos la real implementación y cumplimiento de las normativas sobre los Derechos sexuales y reproductivos: educación sexual, fácil acceso a los anticonceptivos, protocolos para kis casos de aborto no punible y la legalización del aborto. También  observamos que a la par de estos cambios prevalecen en nuestras sociedades la violencia, la discriminación, el sexismo y el racismo, producto -entre otras causas- de la cultura  patriarcal.
Mujeres, niñas y niños padecen algún tipo de violencia en casi el 50 % de los hogares en Argentina; la violencia es creciente en la escuela y en la sociedad toda, el tráfico y trata de personas como nueva forma de esclavitud adquiere proporciones relevantes y el sexismo invade los medios de comunicación.
 
Conceptualización
El concepto feminismo se refiere a los movimientos de liberación de la mujer, que históricamente han ido adquiriendo diversas proyecciones e igual que otros movimientos ha generado pensamiento y acción, teoría y práctica.
El feminismo propugna un cambio profundo en las relaciones sociales que conduzca a la liberación de la mujer al eliminar las jerarquías y desigualdades ente los sexos. También puede decirse que el feminismo es un sistema de ideas que, a partir del estudio y análisis de la condición de la mujer en todos los órdenes –familia, educación, política, trabajo, sexualidad- pretende transformar todas las relaciones basadas en la asimetría y opresión sexual, mediante una acción movilizadora que implica una profunda revolución social y cultural. La teoría feminista se refiere al estudio sistemático de la condición de las mujeres, su papel en la sociedad y las vías para lograr su emancipación. Se diferencia de los Estudios de la Mujer por su perspectiva estratégica: además de analizar y/o diagnosticar sobre la población femenina busca explícitamente los caminos para transformar esa situación.
Aunque el feminismo no es homogéneo, ni constituye un cuerpo de ideas cerrado - ya que las mismas posturas políticas e ideológicas que abarcan toda la sociedad se entrecruzan con sus distintas corrientes internas- podemos decir que éste es un movimiento político integral contra el sexismo en todos los terrenos (jurídico, ideológico y socioeconómico), que expresa la lucha de las mujeres contra cualquier forma de discriminación.
Antecedentes históricos Algunas autoras ubican los inicios del feminismo a fines del s. XIII, cuando Guillermine de Bohemia planteó crear una iglesia de mujeres, otras rescatan como parte de la lucha feminista a las predicadoras y brujas, pero es recién a mediados del s. XIX cuando comienza una lucha organizada en forma colectiva. Las mujeres participaron en los grandes acontecimientos históricos de los últimos siglos como el Renacimiento, la Revolución Francesa y las revoluciones socialistas, pero en forma subordinada, y es a partir del sufragismo cuando reivindican su autonomía.
Las precursoras. La lucha de la mujer comienza a tener finalidades precisas a partir de la Revolución Francesa, ligada a la ideología igualitaria y racionalista del Iluminismo, y a las nuevas condiciones de trabajo surgidas a partir de la revolución industrial. Olimpia de Gouges, en su "Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana" (1791), afirma que los "derechos naturales de la mujer están limitados por la tiranía del hombre, situación que debe ser reformada según las leyes de la naturaleza y la razón" (por lo que fue guillotinada por el propio gobierno de Robespierre, al que adhería). Mary Wollstonecraft en 1792 escribe la "Vindicación de los derechos de la mujer", planteando demandas inusitadas para la época: igualdad de derechos civiles, políticos y laborales, así como en la educación, y derecho al divorcio como libre decisión de las partes. En el s. XIX, Flora Tristán vincula las reivindicaciones de la mujer con las luchas obreras. Publica en 1842 La Unión Obrera, donde presenta el primer proyecto de una Internacional de trabajadores, y expresa "la mujer es la proletaria del proletariado...hasta el más oprimido de los hombres quiere oprimir a otro ser: su mujer". Sobrina de un militar peruano, residió un tiempo en Perú, y su figura es reivindicada especialmente por el feminismo latinoamericano.
Las sufragistas. Si bien los principios del Iluminismo proclamaban la igualdad, la práctica demostró que ésta no era extensible a las mujeres. La Revolución Francesa no cumplió con sus demandas, y ellas aprendieron que debían luchar en forma autónoma para conquistar sus reivindicaciones. La demanda principal fue el derecho al sufragio, a partir del cual esperaban lograr las demás conquistas.
Aunque en general sus líderes fueron mujeres de la burguesía, también participaron muchas de la clase obrera. Los EE.UU. e Inglaterra fueron los países donde este movimiento tuvo mayor fuerza y repercusión. En el primero, las sufragistas participaron en las sociedades antiesclavistas de los estados norteños. En 1848, convocada por Elizabeth Cady Stanton, se realizó en una iglesia de Séneca Falls el primer congreso para reclamar los derechos civiles de las mujeres. Acabada la guerra civil, se concedió el voto a los negros pero no a las mujeres, lo que provocó una etapa de duras luchas. En 1920, la enmienda 19 de la Constitución reconoció el derecho al voto sin discriminación de sexo.
En Gran Bretaña las peticiones de las sufragistas provocan desde el s. XIX algunos debates parlamentarios. El problema de la explotación de mujeres y niños en las fábricas vinculó al movimiento con el fabianismo, planteando reivindicaciones por mejoras en las condiciones de trabajo. En 1903 se crea la Woman’s Social and Political Union, que, dirigida por Emmiline Pankhurst, organizó actos de sabotaje y manifestaciones violentas, propugnando la unión de todas las mujeres más allá de sus diferencias de clase. Declarada ilegal en 1913, sus integrantes fueron perseguidas y encarceladas. La primera guerra mundial produjo un vuelco de la situación: el gobierno británico declaró la amnistía para las sufragistas y les encomendó la organización del reclutamiento de mujeres para sustituir la mano de obra masculina en la producción durante la guerra; finalizada ésta, se concedió el voto a las mujeres.
En América Latina el sufragismo no tuvo la misma relevancia que en los EE.UU. y Europa, reduciéndose en general la participación a sectores de las elites. Tampoco las agrupaciones de  mujeres socialistas lograron un eco suficiente. En la Argentina, desde sus comienzos, las luchas de las mujeres por sus derechos se dividieron en una corriente burguesa y otra de tendencia clasista y sufragista. En ésta última militó Carolina Muzzilli, joven obrera, escritora y militante socialista. Desde 1900 surgieron diversos centros y ligas feministas. En 1918 se funda la Unión Feminista Nacional, con el concurso de Alicia Moreau de Justo. En 1920 se crea el Partido Feminista dirigido por Julieta Lanteri, que se presentó varias veces a elecciones nacionales. Las mujeres adquirieron un rol relevante en la escena política de la Argentina con la figura de María Eva Duarte de Perón, quien promovió en 1947 la ley de derechos políticos de la mujer.
El Feminismo como Movimiento Social o Nuevo Feminismo. Al finalizar la segunda guerra mundial las mujeres consiguieron el derecho al voto en casi todos los países europeos, pero paralelamente se produjo un reflujo de las luchas feministas. En una etapa de transición se rescata como precursora a Emma Goldmann, quien ya en 1910 había publicado Anarquismo y otros ensayos, donde relacionaba la lucha feminista con la de la clase obrera y hacía aportes sobre la sexualidad femenina. Hay coincidencia en destacar en esta etapa –ubicándolas como "iniciantes" del nuevo feminismo- los aportes de Simone de Beauvoir, con su célebre El Segundo sexo (1949) y Betty Friedan, con el también consagrado Mística de la femineidad (1963).
El denominado "nuevo feminismo", comienza a fines de los ’60 del último siglo en los EE. UU. y Europa, y se inscribe dentro de los movimientos sociales surgidos durante esa década en los países centrales. Los ejes temáticos que plantea son, la redefinición del concepto de patriarcado, el análisis de los orígenes de la opresión de la mujer, el rol de la familia, la división sexual del trabajo, el trabajo doméstico, la. sexualidad, la reformulación de la separación de espacios público y privado -a partir del eslogan "lo personal es político"-y el estudio de la vida cotidiana. Manifiesta que no puede darse un cambio social y en las estructuras económicas que implique una verdadera revolución, si no se produce a la vez una transformación de las relaciones entre los sexos. Plantea también la necesidad de búsqueda de una nueva identidad de las mujeres que redefina lo personal como imprescindible para el cambio político.
El feminismo contemporáneo considera que la igualdad jurídica y política reclamada por las mujeres del s. XIX – en general conquistadas en el s. XX- si bien constituyó un paso adelante, no fue suficiente para modificar en forma sustantiva el rol de las mujeres. Las limitaciones del sufragismo eran las propias del liberalismo burgués, y se concebía la emancipación de la mujer como la desaparición de la desigualdad ante la ley. La realidad demostró ser mucho más compleja, y más profundas las causas de la opresión. Aún con el aporte de las ideas socialistas, la denuncia de la familia como fuente de opresión, y la concepción de igualdad proletaria, no se llega al meollo de la cuestión. Aunque hubo aportes esenciales como los de Alexandra Kolontai, también el socialismo estaba teñido de una ideología patriarcal. Las revoluciones socialistas no significaron un cambio sustancial para la mayoría de las mujeres.
El nuevo feminismo asume como desafío demostrar que la Naturaleza no encadena a los seres humanos y les fija su destino: "no se nace mujer, se llega a serlo" (S. de Beauvoir). Se reivindica el derecho al placer sexual por parte de las mujeres y se denuncia que la sexualidad femenina ha sido negada por la supremacía de los varones, rescatando el orgasmo clitoridiano,  el derecho a la libre elección sexual y cuestiona la heterosexualidad obligatoria. Por primera vez se pone en entredicho que - por su capacidad de reproducir la especie- la mujer deba asumir como mandato biológico la crianza de los hijos y el cuidado de la familia. Se analiza el trabajo doméstico, denunciando su carácter de "adjudicado" a ésta por nacimiento y de por vida, así como la función social del mismo y su no remuneración. Todo ello implica una crítica radical a las bases de la actual organización social. "Ya no se acepta al hombre como prototipo del ser humano, como universal . Luchamos, sí, porque no se nos niegue ningún derecho, pero luchamos, sobre todo, para acabar con la división de papeles en función del sexo" (P. Uría, E. Pineda, M Oliván, 1985). El nuevo feminismo se propone una transformación completa de la sociedad, como alternativa global a los valores de la sociedad masculina.
Dentro del feminismo contemporáneo existen numerosos grupos con diversas tendencias y orientaciones por lo cual es más correcto hablar de "movimientos feministas" en plural. Según  Stoltz Chinchilla, el feminismo es una ideología parcial que tiene que estar ligada consciente o inconscientemente con otra ideología de clase. En un primer momento de la denominada "Segunda Ola" (desde los 60, hasta comienzos los 80 aproximadamente) podemos sintetizar estas corrientes en tres líneas principales: el feminismo radical, socialista y liberal, entrecruzadas por las tendencias de la igualdad y la diferencia.
El feminismo radical sostiene que la contradicción principal de la sociedad se produce en función del sexo y propugna una confrontación entre los mismos. Las mujeres estarían oprimidas por las instituciones patriarcales que tienen el control sobre ellas y, fundamentalmente, sobre su reproducción. Shulamith Firostene en su ya clásico La dialéctica de los sexos (1971) sostiene que las mujeres constituyen una clase social, pero "al contrario que en las clases económicas, las clases sexuales resultan directamente de una realidad biológica; el hombre y la mujer fueron creados diferentes y recibieron privilegios desiguales". Propone como alternativa la necesidad de una nueva organización social, basada en comunidades donde se fomente la vida en común de parejas y amigos sin formalidades legales. El feminismo radical tiene como objetivos centrales: retomar el control sexual y reproductivo de las mujeres y aumentar su poder económico, social y cultural; destruir las jerarquías y la supremacía de la "ciencia"; crear organizaciones no jerárquicas, solidarias y horizontales. Otro rasgo principal es la independencia total de los partidos. políticos y los sindicatos. La mayoría de las feministas radicales se pronuncian también por el "feminismo de la diferencia", que surge a comienzos de los ’70 en los EE. UU. y Francia con su eslogan "ser mujer es hermoso". Propone una revalorización de lo "femenino" planteando una oposición radical a la cultura patriarcal y a todas las formas de poder, por considerarlo propio del varón; rechazan la organización, la racionalidad y el discurso masculino. Este feminismo reúne tendencias muy diversas reivindicando por ejemplo que lo irracional y sensible es lo característico de la mujer, revalorizando la maternidad, exaltando las tareas domésticas como algo creativo que se hace con las propias manos, rescatando el lenguaje del cuerpo, la inmensa capacidad de placer de la mujer y su supremacía sobre la mente, la existencia de valores y culturas distintas para cada sexo, que se corresponden con un "espacio para la mujer", y un "espacio para el varón", etc. El mundo femenino se define en términos de "antipoder" o "no-poder". Esta tendencia fue mayoría en Francia e Italia y tuvo bastante fuerza en España. Sus principales ideólogas fueron Annie Leclerc y Luce Yrigaray en Francia, Carla Lonzi en Italia y Victoria Sendón de León en España.
Al anterior se contrapone el "feminismo de la igualdad", que reconoce sus fuentes en las raíces ilustradas y el sufragismo, pero se plantea conseguir la profundización de esa igualdad hasta abolir totalmente las diferencias artificiales en razón de sexo. En España, Empar Pineda y Celia Amorós abrieron el debate realizando un análisis clarificador acerca de las implicancias conservadoras de la tendencia extrema de la diferencia. En el seno del feminismo radical hay corrientes –como la radical materialista- que cuestionan severamente la "diferencia". Christine Delphy la designa como "neofemineidad", ya que tiene connotaciones biologistas y esencialistas, y en definitiva no hace sino afianzar los estereotipos sexuales, propio de una ideología reaccionaria. Las defensoras de la igualdad niegan rotundamente la existencia de valores femeninos y señalan que la única diferencia válida es la que tiene su origen en la opresión. "Lo que se encuentra en la sociedad jerárquica actual no son machos o hembras, sino construcciones sociales que son los hombres y las mujeres" (Delphy, 1980). Cabe destacar también que, después de duras polémicas, lograron eliminarse las aristas más ríspidas de ambas tendencias, e incluso se reconocen aportes mutuos, produciéndose lo que Amorós llama "la diferenciación de la igualdad y la igualación de la diferencia". Las corrientes del feminismo que se proponen una alternativa de poder, como las socialistas y liberales, se pronuncian por la igualdad, aunque esta noción adquiere significados muy distintos para ambas.
El feminismo liberal, con peso en EE UU fundamentalmente, considera al capitalismo como el sistema que ofrece mayores posibilidades de lograr la igualdad entre los sexos. Cree que la causa principal de la opresión está dada por la cultura tradicional, que implica atraso y no favorece la emancipación de la mujer. El enemigo principal sería la falta de educación y el propio temor de las mujeres al éxito.
El feminismo socialista coincide con algunos análisis y aportes del feminismo radical, reconociendo la especificidad de la lucha femenina, pero considera que ésta debe insertarse en la problemática del enfrentamiento global al sistema capitalista. Expresa también que los cambios en la estructura económica no son suficientes para eliminar la opresión de las mujeres. Relaciona la explotación de clase con la opresión de la mujer, planteando que ésta es explotada por el capitalismo y oprimida por el patriarcado, sistema que es anterior al capitalismo y que fue variando históricamente. Explicitan que la opresión es sexual, psicológica y reproductiva; la producción y la reproducción constituyen dos planos igualmente determinantes en la situación de opresión de la mujer.  En general están a favor de la doble militancia. Esta corriente se destacó principalmente Inglaterra, aunque en España y ciertos países latinoamericanos tuvo bastante importancia.
En América Latina el feminismo fue adquiriendo relevancia en los últimos años, manifestándose de modo heterogéneo en los distintos países de la Región. En Argentina hubo un grupo precursor del “nuevo feminismo” en la década del 70 con UFA (Unión Feminista Argentina), que agrupó a reconocidas feministas. Durante esta "Segunda Ola", en la mayor parte del continente,  constituyó una preocupación el articular las luchas de las mujeres contra su opresión con las luchas antimperialistas de los países dependientes. Un rasgo distintivo es la coincidencia con importantes movimientos de mujeres que se organizan en torno a objetivos y demandas diversas, algunas más puntuales o sectoriales -lucha contra la carestía y la desocupación, por el agua, guarderías, etc.- y otras más generales, como las de militantes de partidos y movimientos revolucionarios, que relacionan sus reivindicaciones con los cambios necesarios en la sociedad global. Los movimientos de mujeres, sumamente heterogéneos, están constituidos básicamente por grupos de base (amas de casa pobladoras, sindicalistas, trabajadoras de salud, etc.) en general pertenecientes a los sectores populares. Aunque mayoritariamente no se reconocen como feministas, muchas veces comparten reclamos comunes (divorcio, anticoncepción, aborto, patria potestad, eliminación de leyes discriminatorias, etc.), constituyendo frentes con las feministas y otros sectores.

Los feminismos del siglo XXI
Esta Segunda Ola feminista irrumpe al promediar los ´80 con el reconocimiento de las multiplicidades y de la heterogeneidad del movimiento. La falta de paradigmas alternativos por la que atraviesa la sociedad global después de la caída del muro de Berlín, también afectó al feminismo, observándose una significativa desmovilización de las mujeres, en especial en el hemisferio norte.
Según algunas autoras/es la producción teórica más importante ha tenido lugar en las dos últimas décadas, sin estar acompañada por un movimiento social pujante como había sucedido en la primer etapa. El feminismo consiguió colocar la cuestión de la emancipación de las mujeres en la agenda pública desde mediados de los setenta, para comenzar a desarticularse y perder fuerza como movimiento social años después. Se produce una importante institucionalización del movimiento con la proliferación de ONGs, la participación de feministas en los gobiernos y organismos internacionales y la creación de ámbitos específicos en el Estado. Desde su espacio en las universidades el feminismo aumentó la investigación y la construcción de tesis, profundizando y complejizando sus reflexiones con mayor rigor académico. Se abrió notablemente el abanico de escuelas y propuestas, incluidas las referentes a la discusión estratégica sobre los procesos de emancipación.
Las razones de la diversificación teórica en cuanto al diagnóstico y la explicación son complejas. También ha sucedido con otras teorías del conflicto que, precisamente en los períodos de ausencia de movilización social, la reflexión se extiende por aspectos teóricos no resueltos y antes simplificados. Es indudable que la teoría feminista ha absorbido elementos de nuevas propuestas dentro de la teoría social general (postestructuralistas, postmodernas, etc.), precisamente en un momento en que ésta explotaba de parcialidades, al atravesar una crisis notable de paradigmas (Gomáriz, 1991).

Los debates que se fueron suscitando a lo largo de las décadas dan cuenta de las preocupaciones y núcleos temáticos que se fueron desarrollando, así como los mitos que el/los feminismos fueron produciendo. En los 80 uno de los mitos más cuestionados (que constituye también una crítica a cierto feminismo de "la diferencia") es el de la naturaleza única y "ontológicamente buena" de LA MUJER, prevaleciente en las décadas de los 60 y '70. Este se expresa como: "todas las mujeres son buenas, dulces, sensibles, no corruptas, etc"., La producción de los 80, contrariando esta visión de observar lo común entre las mujeres, subrayó la diversidad entre las mismas, expresada según la clase, raza, etnia, cultura, preferencia sexual, etc. Esto sin dudas está fuertemente influenciado por el auge del pensamiento postmodernista y postestructuralista, pero también se basó en la propia evolución y experiencia del movimiento.
Respecto al poder,  se critica la visión unilineal del poder, como sólo prerrogativa masculina. Señala el carácter relacional que tiene entre los géneros y denuncian las estructuras de poder que se dan entre las mujeres. Los aportes del psicoanálisis permitieron visualizar la posibilidad de manipulación emocional que pueden ejercer las madres Se rompe con la idea prevaleciente de la mujer "víctima". La polémica con el feminismo de la diferencia permitió que emergieran estos mitos, así como también -en el plano de la ciudadanía-, el de una supuesta identidad política "mejor", menos contaminada de las mujeres. Respecto al medio ambiente, se polemiza con el ecofeminismo, que defiende la relación mujer/naturaleza y sostiene que las mujeres –por el hecho de serlo - tendrían una buena relación con el entorno, por lo que se desprendería una mayor responsabilidad para cuidar y salvar al planeta.
Este balance crítico, unido a la crisis de los movimientos sociales y populares, atraviesan de modo peculiar a los feminismos latinoamericanos. Según Gina Vargas (1998) el movimiento de la década del noventa, en el marco de los procesos de transición democrática que se vivió en la mayoría de los países, se enfrenta a nuevos escenarios y atraviesa una serie de tensiones y nudos críticos caracterizados por su ambivalencia. Las nuevas lógicas que intenta tener frente a las transformaciones paradigmáticas no se terminan de adecuar a estas nuevas dinámicas ni pueden reconocer siempre los signos que da la realidad. Dilema que no es exclusivo del feminismo sino de casi todos los movimientos sociales. Es importante destacar que en general éstos surgieron y se desarrollaron en el marco de la lucha contra gobiernos autoritarios, o en los inicios de procesos democráticos postdictatoriales, con el énfasis y las certezas de los 70, principios de los ochenta. La incertidumbre de los 90, 2000, repercutieron en un movimiento menos movilizado pero más reflexivo, y a la búsqueda de nuevas lógicas más dialogantes. En este escenario, uno de los cambios significativos lo constituye el pasar (en general) de una actitud antiestatista a una postura crítica negociadora en relación al Estado y los espacios formales internacionales. (Vargas, 1998). Frente a estos cambios,  el reconocimiento y aceptación de las diversidades en su interior, no impide los desencuentros y duras discusiones sobre las estrategias a seguir.
En América Latina, más allá de las múltiples diferencias y matices entre las corrientes internas (en las cuáles están presentes los debates expuestos) éstas pueden esquematizarse entre un feminismo más institucionalizado, en donde las mujeres se agrupan dentro de ONGs y en los partidos políticos, y un feminismo más autónomo y radicalizado. Las primeras son herederas del feminismo de la igualdad de la década anterior y creen necesario las negociaciones con los estados, los partidos políticos y organismos internacionales. Las segundas continúan con las banderas del feminismo radical aggiornado y cuestionan severamente la "institucionalización" del movimiento, hablando de  un feminismo diluido con la consecuente pérdida de  sentido.
 Debemos aclarar que este esquema agrupa muchas diversidades con  matices que rompen esa bipolaridad. Desde un pensamiento más teórico y académico muchas hacen suyo el pensamiento del “feminismo cultural” con referentes  teóricas como Judith Butler que problematizan el género.
Por otro lado existen también amplios grupos y/o movimientos de feministas denominadas populares, que tienen como prioridad la militancia en estos sectores, recogiendo sus demandas e intentando liderarlos con sus propuestas. En los últimos años, con los importantes cambios producidos en el continente a través de la asunción de  gobiernos  progresistas y/o transformadores -o revolucionarios  como el caso de Bolivia- en varios países de la región, que  cuestionan severamente las políticas neoliberales y de ajuste impuesta en los 90, se produjo un importante crecimiento de mujeres organizadas de estos sectores.
En Argentina, particularmente, hay que destacar la importancia de los Encuentros Nacionales de Mujeres que se sostienen desde hace 25 años y se transforman en una gran asamblea popular de debate en la que participan más de 20.000. La heterogeneidad y diversidad que atraviesa estos encuentros es muy grande - y si bien no se denomina feminista ni todas la mujeres se identifican como tales- la mayoría de las participantes son jóvenes y de sectores populares y asumen cada vez más las ideas y propuestas del movimiento, tal cual se refleja en las conclusiones de los talleres. Sin duda estos Encuentros se constituyen como una práctica multiplicadora, que promueve reflexiones y debates y posibilitan el tejido de múltiples redes y campañas y contribuyen a la construcción de una sociedad sin opresiones.
 Entre los principales riesgos por los que atraviesan los feminismos hoy, podemos destacar los siguientes:
    a. desdibujamiento de propuestas colectivas y articuladas desde las sociedades civiles y ausencia de canales de diálogo que ubiquen al feminismo como sujeto de interlocución válido
    b. "cooptación" de técnicas y expertas por parte de los gobiernos y organismos internacionales
    c. fragmentación de miradas, luchas internas y desarticulación de propuestas
  d. posturas demasiado radicalizadas e inviables que se alejan de los movimientos más populares
    En síntesis podemos decir que en el continente la principal tensión reside en cómo mantener la radicalidad del pensamiento y acción al mismo tiempo que se incursiona en espacios públicos y políticos más amplios que permitan negociar y consensuar las propuestas y agendas que la mayoría de las mujeres necesitan imponer hoy.
Pese a que el feminismo logró avances importantes y logró impulsar políticas públicas en pro de la igualdad de oportunidades, los grupos que reivindican a los feminismos adhiriendo globalmente a su teoría y práctica son aún minoritarios a nivel global y carecen de la fuerza suficiente como para impulsar solos sus reivindicaciones. Sin embargo observamos que su prédica ha ido impregnando a distintos sectores de la sociedad, llegando muchas veces a movimientos de mujeres más amplios. .
No obstante las crisis señaladas, la importancia que adquiere el feminismo en el continente se puede visualizar a partir del constante incremento en la participación de mujeres en encuentros feministas internacionales que se realizan desde 1981 en distintos países de la Región, así como de las numerosas redes temáticas que se articulan internacionalmente (Violencia, Salud, Aborto, Medio Ambiente, etc.)
El desafío principal de los feminismos latinoamericanos hoy es encontrar estrategias adecuadas que permitan articular sus luchas con los de otros movimientos más amplios, de mujeres, derechos humanos, etc., para impulsar las transformaciones que requiere la sociedad actual.  *

 

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