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Día Internacional de la Mujer: La situación de las mujeres ayer y hoy


Al cumplirse 103 años de aquel trágico 8 de marzo, nos interesa rendir homenaje a esas trabajadoras y a todas quienes vienen bregando por un mundo mejor, donde las mujeres sean sujetas plenas de derecho y ejercicio de ciudadanía.
Mucho tiempo tuvo que transcurrir, jalonado de luchas y padeceres de las mujeres, sin las cuales hubiese sido imposible la concreción de algunas de esas demandas.
En nuestro país la perseverancia y el tesón del movimiento de mujeres - impulsadas desde el feminismo- consiguió entre otras cosas:

•    La patria potestad compartida.
•    El divorcio vincular.
•    Avances importantes en la legislación respecto a igualdad de oportunidades, como la Ley de Cupo, de Salud sexual y reproductiva, de Educación Sexual, la regulación del trabajo doméstico, entre otras.
•    La Ley de Violencia de Género y la eliminación de leyes discriminatorias.
•    Instalar las temáticas que nos atraviesan a las mujeres -con una perspectiva de género- en algunas políticas de Estado, la creación de Áreas o espacios específicos a nivel gubernamental, sindical, académico.
•    La firma de tratados y compromisos internacionales, en especial la ratificación del Protocolo Facultativo de la CEDAW (Convención contra todas las Formas de Discriminación hacia la Mujer),
•    La Ley contra la Trata de personas (aunque con limitaciones)
•    La Reglamentación de la ley de violencia de género.
•    Ley de Matrimonio igualitario
•    La jerarquización de la problemática de las mujeres a nivel internacional con la creación de ONU Mujeres, Entidad de las Naciones Unidas para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de las Mujeres.

No obstante estos logros, quedan muchas urgencias y temas pendientes a resolver. Entre las principales, cabe mencionar:

•    La trata y tráfico de mujeres y niñas.
•    La violencia contra las mujeres en todas sus formas. La más descarnada es el feminicidio que ha crecido significativamente en los últimos años; por tal motivo se necesita implementar figuras legales específicas para su tratamiento y penalización.  
•    La cantidad de mujeres que mueren por abortos clandestinos.
•    Ley de Identidad de Género que brega por la no discriminación.
•    El sexismo en el lenguaje y en los medios de comunicación.

Para resolver estas situaciones, se necesitan políticas públicas con presupuesto y un abordaje integral de las problemáticas. Pero, fundamentalmente, una toma de conciencia y un cambio cultural, en los cuales sean incompatibles cualquier tipo de discriminación u opresión.

Susana B. Gamba
 
8 de marzo: La vigencia de una fecha

Por Aída M. Bengochea y Geraldine G. Parola

El hecho histórico al que remite la conmemoración del Día de la Mujer presenta un carácter controversial. Por una parte, se lo ha vinculado con la marcha de trabajadoras de una fábrica textil de New York, que en 1857 se declararon en huelga a raíz de los ínfimos salarios y la prolongada jornada laboral, desencadenando la represión policial. Pero también se lo ha asociado con un suceso, en muchos sentidos coincidente, acontecido en 1908 en el mismo escenario. En esa ocasión, 146 personas, en su mayoría mujeres jóvenes, murieron a consecuencia de un incendio en Triangle Shirtwaist Company, donde trabajaban en condiciones inhumanas.
Sin embargo, indagando en los orígenes de la fecha en cuestión, es posible descubrir que más que encarnar en un hecho, reivindica un contexto socio-histórico de profundas luchas sociales. Las postrimerías del siglo XIX y los inicios del siglo XX, fueron tiempos de efervescencia social, con una progresiva participación de mujeres. Quienes manifestaban no sólo reclamaban por mejores condiciones de trabajo, sino que también abogaban por el derecho al voto femenino.
Entre 1908 y 1910, New York fue escenario de huelgas y movilizaciones de obreras y obreros textiles. La ciudad ya había adquirido por entonces un carácter cosmopolita y gran número de inmigrantes, de origen europeo fundamentalmente, se desempeñaban como fuerza de trabajo en diversas actividades fabriles. Hubo quienes traían consigo historias de militancia desde sus países de origen.
La industria del vestido, congregaba un alto porcentaje de mujeres, y, entre ellas, un número significativo de obreras no alcanzaba los veinte años. La semana laboral se extendía a 65 horas, se impedía el descanso y la paga era ostensiblemente menor que a los varones.
Una frase atribuible a Clara Lemlich, protagonista de las protestas de esos años, refleja el camino recorrido en el reconocimiento público de los derechos de las mujeres como un colectivo social: “… hice huelga para que todas ganen lo suficiente. No fue por mí, fue por las otras…” (New York Times, 16 de Diciembre de 1909).
Ante este gesto de irreverencia, el orden instituido se hizo patente en la admonición de un magistrado que condenó el incidente: “Usted está en huelga en contra de Dios y la naturaleza, cuya ley es que el hombre se gane el pan con el sudor de su frente.” (Sachar, Howard (1992): The International Ladies Garment Worker’s Union and the Grade Revolt of 1909).
Podría suponerse que el término “hombre” al que alude la cita refrenda la histórica invisibilidad de las mujeres en el espacio público y en la actividad productiva. O más bien su invisibilización. Los hechos eran más que elocuentes en cuanto a sus protagonistas; sin embargo, el lenguaje se empeñaba en velar la condición de media humanidad. Y aún hoy persiste en ello.
Sobre los modos de nombrar y el paralelismo entre sucesos históricos, resulta significativa la denominación de “Rebelión de las Escobas” que recibió un hecho acontecido en Buenos Aires para la misma época. Corría 1907, cuando se declaró una huelga de inquilinos en protesta por el alza de los alquileres, dispuesta por los propietarios de los conventillos en previsión de un nuevo impuesto inmobiliario. Frente a la represión que acompañó las órdenes de desalojo y que llegó a cobrarse la vida de un adolescente, mujeres y niños/as enarbolaron escobas y se lanzaron a las calles, en un efecto de contagio que generó una creciente movilización popular.
La escoba, símbolo de lo doméstico, cobró entonces nuevo sentido, deviniendo un emblema reivindicatorio que recuerda cuanto de público hay en lo privado. La vida en los conventillos era reflejo de la condición obrera, que bullía puertas adentro y puertas afuera, en la labor extenuante de lavanderas o sastres, y de obreras y obreros fabriles. Condiciones laborales y habitacionales precarias hermanaban a personas de muy diversa procedencia étnica y nacional.
En reconocimiento a la indiscutible participación de mujeres en las luchas sociales, la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, reunida en Copenhague en 1910, proclamó el Día Internacional de la Mujer como una jornada por los derechos del género. Apenas unos días después de su primera conmemoración en marzo del año siguiente, tuvo lugar la muerte de las operarias en el incendio de la ya mencionada fábrica textil de New York, en circunstancias en que el cierre de las puertas del sitio en que se hallaban trabajando, las privaron de toda posibilidad de escape. Probablemente, tal coincidencia dio origen a una de las versiones del mito fundacional del 8 de marzo.
A lo largo del siglo, el sufragio femenino, el acceso a la educación superior, el ingreso masivo al mercado de trabajo, los avances en materia de legislación laboral, el poder de decisión sobre la salud sexual y reproductiva, entre otras cuestiones, se convirtieron en conquistas inclaudicables impulsadas por el esfuerzo sostenido de mujeres, las más de las veces anónimas.
En 1975, al tiempo que se consolidaban los logros, y a tono con un movimiento feminista en auge, las Naciones Unidas dieron al Día Internacional de la Mujer carácter oficial a nivel mundial.
Por ese entonces, comenzaba a perfilarse el modelo neoliberal, que se impuso con diferentes improntas y consecuencias a escala planetaria en las décadas siguientes. En nuestro país, estuvo signado fundamentalmente por las políticas de ajuste estructural, expresadas en la focalización de las políticas públicas, la descentralización de las responsabilidades estatales y la privatización de los servicios públicos.
Libre de control y regulación, el mercado organizó el mundo del trabajo: la flexibilización y precarización laboral se impusieron y el subempleo y la desocupación se incrementaron. En tales circunstancias, perdieron vigencia los derechos de los y las trabajadores y trabajadoras y las instituciones de protección y seguridad.
Las consecuencias para la vida social de un proyecto político económico a tono con la ideología neoliberal, fue el aumento de la pobreza y la concentración de la riqueza. En el marco de tal polarización, se fue configurando una estructura social signada por la fragmentación y la exclusión.
Llevado al límite, un modelo de tales características, alentó, a su pesar y sin conciencia de la responsabilidad que le cabía, el surgimiento de nuevas modalidades de organización y demanda de diversos colectivos sociales. Las ollas populares fueron la expresión más descarnada del hambre real que asolaba a un número considerable de personas en situación de indigencia. Nuevamente fueron mujeres las que, nucleadas en asociaciones o por pura vecindad, dieron visibilidad pública a la cocina doméstica. Los comedores comunitarios continuaron la tarea de atender las necesidades más acuciantes.
Por otra parte, hubo quienes, ante la amenaza real del desempleo, desarrollaron experiencias autogestivas en defensa de la fuente de trabajo. El caso de la toma de la textil Brukman por sus trabajadoras y trabajadores, coincidente con el estallido de la crisis social de fines de 2001, resultó emblemático en este sentido.
Al tiempo que la empresa se ponía en funcionamiento nuevamente en manos de un grupo conformado mayoritariamente por mujeres, la escenificación de la lucha sostenida para evitar su desalojo, tomó literalmente el espacio público. Emergió, en el proceso, una identidad colectiva fundada en la creencia de que era posible y legítimo instaurar una lógica diferente en las relaciones laborales.
Celia Martínez, una de las protagonistas de esta historia, que aprendió a coser cuando estaba en cuarto grado con una máquina comprada a crédito por su mamá y que comenzó su carrera en la textil llevando sacos a su casa donde marido e hijos colaboraban en la tarea, expresa con una convicción demoledora: “Ahora sueño que la fábrica sea nuestra, que se estatice o no, buscar alguna manera legal, pero que nosotros podamos gestionarla, que podamos trabajar tal vez para los hospitales, hacer un trabajo para la comunidad, que tengamos cientos de desocupados allí adentro, porque ahora yo sí lo veo muy de cerca lo de la desocupación, a la necesidad.”
La fábrica recuperada se tornó un espacio de redefinición de límites en el sentido más cabal del término -de horarios, de tareas- y, por lo mismo, creó una lábil frontera entre el espacio doméstico y el espacio laboral. Algunas mujeres se dieron el permiso de trastocar las reglas que en virtud de su género se les imponía y de la doble jornada productivo-doméstica lograron delegar lo segundo de un modo más convincente de lo comúnmente esperable. En otros casos, privadas de hacerlo, llevaron su condición de madres al ámbito laboral y cuidaron mientras producían.
En cualquier caso, lo significativo es, una vez más, haber logrado volver público lo privado. Celia, la trabajadora de Brukman, sintetiza maravillosamente el giro hacia la autoconciencia que está en el principio de ese salto cualitativo: "Me di cuenta que las mujeres no estamos sólo para cocinar y lavar la ropa, que damos para mucho más. Y ahora que me di cuenta... no pienso parar."  (Reportaje de D Atri, publicado en Revista Travesías Nº11 CeCyM)
Sin duda, en el andar se ha hecho camino. Sin embargo, los datos estadísticos del presente revelan índices de empleo que lejos están de resultar satisfactorios. En la Ciudad de Buenos Aires, las mujeres, a pesar de tener en promedio niveles más alto de instrucción que sus pares masculinos, acceden a trabajos menos calificados, en ramas de empleo típicamente feminizadas y peor remuneradas. En la actualidad, las asalariadas perciben ingresos promedio que representan ¾ partes de lo que ganan los varones y persiste un alto nivel de segregación ocupacional, debido a que la concentración de las mujeres por rama de actividad suele ser en áreas ligadas a la educación, salud, servicio doméstico, entre otras (Mujeres en números. Dirección General de la Mujer, Ministerio de Desarrollo Social, Gobierno de la Ciudad Buenos Aires, 2010).

Según información de la Encuesta Permanente de Hogares (INDEC, 2008), el 60% de las mujeres se desempeña como la principal responsable de las tareas del hogar, mientras que el 65% de los varones declara no hacerse cargo. Asimismo, la información de uso del tiempo para la Ciudad de Buenos Aires muestra diferencias notorias en los tiempos de trabajo para el mercado y para el hogar, aún entre varones y mujeres ocupados y ocupadas. Es evidente que las tareas domésticas y de cuidado de niños, niñas y/o adultos y adultas mayores se hallan fuertemente influenciados por patrones de género.
En este mes se cumplen ciento un años de la primera conmemoración del Día Internacional de la Mujer. Se discute y hasta se cuestiona su carácter celebratorio, en atención al que pudo haber sido el origen de tal recordación. No obstante, es posible y necesario encomiar el camino transitado, como un modo de honrar a quienes se entregaron a la lucha incansable por dignificar la condición femenina a lo largo de este siglo y desde antes también.
Pero la celebración amerita también otorgar un sentido profundo a la fecha, sin trivialidades de mercado ni retórica de ocasión. No se trata tan solo de guardar circunspección, cada 8 de marzo, frente al sufrimiento que sobrellevaron o a la adversidad que enfrentan tantas mujeres en la lucha por sus derechos. Se trata ante todo de construir, cada día, un escenario social en el que nuestras prácticas den cuenta genuina de reconocimiento a la diversidad, de espíritu dialógico en la diferencia y de voluntad transformadora de la desigualdad.

Fuente : Observatorio de Equidad de Género, dependiente de la Dirección General
de la Mujer del Gobierno de la CABA
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