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Los desafíos actuales del feminismo, por Christine Delphy

Militante de una concepción radical y materialista del feminismo desde los años 70, la autora propone volver a un feminismo cuyo objetivo principal no era la sanción de leyes sino una utopía social transformadora, propone afrontar la reacción patriarcal contra los avances de las mujeres, muchas veces bajo la apariencia de la defensa de la igualdad republicana y con el argumento de la “excepción francesa”.

Se suele hablar de las logros del movimiento feminista. Pero ningún avance social, aún cuando se haya convertido en ley, queda grabado en mármol. La historia contemporánea lo demuestra a porfía. Especialmente frágiles, los logros feministas se ven expuestos a diversos tipos de obstáculos: los ataques “masculinistas”; la reacción ideológica y la mala voluntad política; el bombardeo mediático del mito de la “igualdad ya alcanzada”.
La contraofensiva patriarcal ocurre en todos los países. Las mujeres son estimuladas para decir: el feminismo no pasará o no pasó; no era o ya no es útil; siempre fue nocivo o ha pasado a serlo. Entre ellas, ex feministas o simpatizantes, cuya palabra se degusta con esa fruición un tanto obscena antes reservada a las “confesiones”de ex estalisnistas.
A menudo tomado de los Estados Unidos, los temas son los mismos en todas partes: las feministas exageran, puesto que ya se terminó con la opresión femenina, el acoso sexual no existe, la violación conyugal tampoco. Todo ello acompañado de una salsa “a la francesa”.También en al ámbito de las costumbres existiría una “excepción francesa”: las relaciones entre los sexos serían idílicas. El grosero sexismo extranjero cedería el paso a la fina “seducción” gala. Por otra parte cabe preguntarse cómo gente inteligente llega a creer, a despecho de encuestas, de cifras. De noticias policiales que muestran la extraordinaria semejanza de un país con otro, que la opresión de las mujeres se detiene abruptamente en Annemasse y en Port-Bou, como en su tiempo lo hizo la letal nube de Chernobyl.

Leyes Burladas
Cuando las convenciones internacionales o las directivas europeas siguen siendo letra muerta; cuando las leyes internas que prohíben la discriminación racial, se impone hablar de una colusión, tácita pero no por ello menos real, entre todos los protagonistas: patrones, sindicatos, aparato judicial, Estado, medios de comunicación,. En Francia, la ley de 1983 sobre la igualdad laboral nunca se aplicó. Por otra parte estaba hecha –si así pude decirse- para no ser aplicada, dado que no contempla ninguna sanción; la “ley Génisson”de 2001 introdujo algunas penas y en vísperas de las elecciones regionales el jefe de Estado anunció su intención de hacerla aplicar. Una promesa en forma de confesión, puesto que haría falta la intervención presidencial para que una ley fuera considerada algo más que papel mojado.
La ley sobre el aborto es violada mañana, tarde y noche por los hospitales, los jefes de departamento, los servicios sociales y el Estado, que no establecen los centros de interrupción voluntaria del embarazo previstos por los decretos de aplicación. Se hace necesaria una lucha constante para impedir que entre las fallas de funcionamiento y el trabajo de zapa de los lobbies antiabortistas no se decrete la desaparición pura y simple de la interrupción voluntaria del embarazo.
Esto es tanto más importante cuanto que en Francia y a nivel internacional los lobbies “masculinistas”están muy organizados y son muy ricos. Día tras día, año tras año, estos grupos de presión depositan en los despachos de ministros y diputados las propuestas de cuestionamiento de las leyes sobre aborto, acoso sexual, divorcio. Sus acciones al descubierto, así como las de los comandos anti-aborto, aunque espectaculares, son sin embargo excepciones. Generalmente estos grupos de presión actúan de manera subterránea, formando “peritos que atestiguan ante los tribunales, que escriben libros de “psicología”de los que extraerán su argumentación los abogados de hombres violentos y padres incestuosos, así como las autoras de obras reactivas. Además del derecho al aborto, apuntan a las leyes que penalizan la violencia masculina contra las mujeres y los niños.
Por esa razón gran parte de la energía del movimiento del movimiento feminista se consume en procurar la adopción de leyes y después en lograr su aplicación. Pero ése no podría constituir su único objetivo. En efecto, a la evidente desigualdad entre mujeres y hombres en el mercado laboral se agrega la explotación del trabajo doméstico, asegurado en un 90% por las mujeres. Esta explotación forma parte del armazón del sistema social, al igual que la división en clases sociales. Ahora bien, la ley no pude rectificar la estructura social; por el contrario, es su fundamento, aun cuando se mantenga oculto.
¿Cómo cuestionar este aspecto de la explotación económica de las mujeres, que parece competer únicamente a las negociaciones interindividuales dentro de la pareja, cuando en verdad se trata de la base de la organización patriarcal de nuestras sociedades? Encontrar este ángulo de ataque es un reto que el movimiento feminista todavía no asumió, aunque ya fueron sugeridas algunas pistas.
Además, las dos o tres generaciones de mujeres jóvenes que tendrían que haber tomado el relevo de las feministas de los años setenta se apartaron de un movimiento cuya palabra y luchas siguieron siendo confidenciales. Los medios de comunicación optaron por el antifeminismo, con campañas que incluyen una visión negativa de las feministas “feas y frustradas”, “antihombres”, “todas lesbianas”....
Pero el arma más eficaz es el bombardeo mediático de la idea de que “ya se ganó todo, ya no hay nada más que hacer”....excepto arremangarse y probar que son dignas de esa igualdad. Y si las mujeres no lo logran es culpa de ellas y no de la sociedad. Ellas se culpabilizan.
La afirmación de una “igualdad ya alcanzada”no representa sólo una trampa; es un veneno que penetra en el alma de las mujeres y destruye su propia estima, su creencia a menudo frágil de que son individuos de pleno derecho y no a medias. Uno de los desafíos del feminismo actual consiste pues en clarificar esta situación, en poner de manifiesto que en ningún país y en ninguna relación social los dominadores renuncian de buen grado a sus privilegios. Es preciso incitar a las mujeres a luchar, y para eso –es quizás lo más difícil- convencerlas de que ellas valen, de que pueden hacerlo.

La República vs. La igualdad
En todas partes se instalaron barreras ideológicas contrarias a cualquier acción favorable a la igualdad sustancial...en nombre de la igualdad. En Francia, la clase política –tanto de izquierdas como de derechas- y una parte de la intelligentsia se basan en el concepto de república para oponerse a cualquier reivindicación de los grupos que se constituyeron en razón de una opresión compartida, como los de las mujeres, homosexuales, obreros, víctimas del racismo. Cualquier mención de categorías o grupos es considerada contraria al espíritu de la República y por lo tanto contraria a la idea de igualdad. Este es el silogismo que se opuso en 1982 a la propuesta del Consejo Constitucional referente a los cupos femeninos (25%) en las listas electorales.
En nombre del universalismo republicano se atacó la campaña por la paridad. Es cierto que cabe refutar su argumentación esencialista, pero no su voluntad de corregir una innegable discriminación en el acceso a las funciones electivas. Asimismo se sospecha que los homosexuales o los descendientes de inmigrantes conspiran contra los principios republicanos, cuando sólo aspiran, unidos en una comunidad de exclusión, a ingresar en esa República., Así pues, alimentando la confusión entre la igualdad declarada y la igualdad efectiva, hay quienes terminan por transformara a la República en un arma contra la verdadera igualdad. El desafío principal del feminismo es recordar que la igualdad constituye un ideal a construir contra una realidad hecha de desigualdades.
Un movimiento no consiste únicamente en avanzar por una ruta sino en trazarla: la cartografía de la opresión y el proyecto de la liberación no se terminan nunca. En lo más recóndito del movimiento feminista, uno de los objetivos cruciales a punta a renovar el impulso vinculado a la especificidad de sus principios de segregación. Esos principios hacen del movimiento feminista un modelo de auto-emancipación –en el que las oprimidas no sólo luchan por su liberación, sino que también la definen-.
Las luchas feministas son múltiples (por el aborto, los derechos lésbicos, contra la violencia, etc.) y diversas en sus formas de organización (grupos locales, federaciones nacionales, coaliciones como el Colectivo Nacional de los derechos de la Mujer –CNDF- , las comisiones en las ligas u organizaciones no gubernamentales internacionales). Una gran parte de la actividad feminista transcurre en grupos compuestos de mujeres y hombres: ya se trate de grupos mixtos por elección (como MixCité, el Colectivo contra la publicidad sexista la Meune –la Jauría-) o, de hecho, como las comisiones femeninas en los sindicatos o en las ONG, en los grupos o en los partidos. Este carácter mixto es necesario para la expansión de la actividad feminista, para afirmar su presencia en muchos lugares tanto militantes como institucionales, por ejemplo los estudios feministas que se desarrollan en los centros de investigación y en la universidad. Estos relevos mixtos prueban a la vez la capacidad de acción feminista para ganar una amplia audiencia y la condición de su éxito para ejercer influencia.
No por ello la segregación (grupos feministas de los que no pueden participar hombres) es obsoleta. Lejos de eso. Cuando fue exigida en 1970 por el Movimiento de Liberación Femenina (MLF) chocó a toda la sociedad, incluídas las feministas de la generación precedente. Pero la segregación nació de una ruptura teórica que pone en entredicho los análisis previos acerca de la subordinación de las mujeres: ya no se trata de una “condición femenina”que padeceríamos todos, tanto mujeres como hombres, sino de la opresión de las mujeres.
Obtener leyes no era la principal preocupación del MLF. Su objetivo tenía una misión diferente. Otra utopía. Las leyes fueron el bienvenido subproducto de un trabajo gratuito, sin finalidad concreta inmediata, como la investigación de base. Y si este subproducto vio la luz es también porque no constituía el objetivo último, o más bien porque la barrera se colocaba más arriba. Esta ambición “irrealista”-que se permitía poner entre paréntesis la eficacia inmediata- finalmente adquirió tal impulso que se alcanzaron algunas ganancias reales.
Una campaña de entonces, destinada a volver a criminalizar la violación, fue la resultante de la reflexión de grupos llamados de “toma de conciencia”. Por el hecho de compartir sus experiencias, las mujeres descubrían así que sus problemas no eran privados y que por lo tanto no tenían solución individual. Asimismo la crítica de la sexualidad permitió la campaña por el derecho al aborto, por la criminalización de la violación y contra la violencia masculina dentro de la pareja. Enfrentaba las teorías científicas y de vulgarización sobre la sexualidad y las declaraba nulas y sin valor, como otras tantas racionalizaciones de la dominación masculina. En la actualidad, esta crítica se ha vuelto de hecho inaudible, ante el retorno vengador de un erotismo patriarcal que banaliza la prostitución, la pornografía y el sadomasoquismo, que es su sustrato común.
Treinta y tantos años después, el movimiento feminista sigue viviendo los cambios de perspectiva que se produjeron en los primeros años gracias a la práctica de la segregación. Esta práctica resulta necesaria porque los hombres no tienen el mismo interés -ni objetivo, ni subjetivo- en luchar por la liberación de la mujer. Pero sobretodo por las/os oprimidas/os deben definir su opresión y en consecuencia su propia liberación, so pena de que otros la definan en su lugar. Y es imposible hacerlo en presencia de gente que por unas parte pertenece al grupo objetivamente opresor y por otra no sabe, o no puede saber, salvo en circunstancias excepcionales, lo que es ser tratado todos los días de su vida como una mujer –como un(a) negro (a), como un pederasta, como un(a) árabe, como una lesbiana-. Ningún grado de empatía puede sustituir a la experiencia. Compadecer no es padecer.
Por supuesto los hombres cumplen un papel en el movimiento feminista, pero no pude ser el mismo que el de las mujeres. La segregación está ahora desacreditada, a veces se la ve incluso como una fase arcaica del movimiento, ya superada. Aún en los grupos no mixtos, no siempre se saca partido de ello, y el respeto al orden del día prevalece sobre la puesta en común de las experiencias. Resultado: muchas mujeres tienen sobre su propia opresión un discurso algo abstracto. Pero si la lucha política no es alimentada por la conciencia vivida, casi carnal, de la realidad de la opresión, se convierte en un combate filantrópico. Cuando las mujeres e convierten en filántropas de ellas mismas, cuando ya no se acuerdan o quieren olvidar que ellas son las humilladas y las ofendidas de las que hablan, pierden toda la fuerza. Para el movimiento feminista conservar, reencontrar, las fuentes de esa fuerza representa uno de los desafíos del nuevo siglo. Lo mismo que para todos los movimientos de oprimidos.

Fuente: Le Monde Diplomatique. Mayo 2004

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